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Sincronicidad

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No existe la casualidad, lo que se nos presenta como azar surge de fuentes profundas

12 de septiembre del 2011. El reloj marcaba las ocho y los minutos me parecían eternos, algo impaciente  me senté en el sofá de la sala a observar la ciudad desde la ventana, no era la primera vez que salíamos sin rumbo fijo a probar lo que nos ofrecía la noche pero cada reencuentro siempre marcaba el descubrimiento de algo diferente, ya sea alguna particularidad en su mirada o el nuevo tema que le obsesionaba en esos días y que de seguro escucharíamos a todo volúmen en su auto. Con él rara vez se sabía donde o cómo concluiría la velada pero siempre había buena música de por medio y un torrente de conversaciones dignas de atesorar, eso era suficiente para mí. Me encontraba parada frente al espejo intentando arreglar mi cabello cuando de repente recibí su mensaje en el celular: “Ya llegué”, enseguida me hice un moño y bajé al parquadero, su chaqueta café de cuero y esa camiseta de Zelda eran inconfundibles. Sonreí.

Al entrar al auto me dejó sin piso con Sick love de Bob Dylan en la playslit -¿Qué tal tu día mujer?- me dijo con su típica sonrisa- Como para aplicar la ultraviolencia a algunitos, vamos por una cerveza-Le contesté. Llegamos un bar ubicado en el centro histórico. Pedimos una par de tragos y algo para picar. Por lo general no me gustan los sitios donde hay demasiado ruido, pero éste se encontraba vacío. El lugar era acogedor, sin duda, los muebles de cuero negro combinaban a la perfección con los discos de vinil que colgaban del techo y las paredes cubiertas de íconos del rock clásico le daban un aire de psicodelia setentera; cada imagen era un misterio develado, el espejo de una época perdida transformada en arte. Me gusta tanto- pensé- ¿El lugar o él? Me interrogó otra voz en mi cabeza, nuevamente sonreí.

Como siempre la conversación versó sobre libros y obsesiones mutuas, el contacto visual se  hacía más intenso al coincidir en alguna palabra, entretanto las notas de Gustavo Cerati nos acompañaban. Ya entrada la media noche tomó suavemente mi mano y la puso en su rostro.

-A veces el mundo es perfecto- me dijo.

-Hoy por ejemplo- le contesté


Al cabo de unas horas, nos encontrábamos sentados en el balcón de un hotel de estilo colonial. Las onomatopeyas citadinas se mimetizaban con el paisaje insomne de sus calles mientras un viento helado revolvía mi cabello al ritmo de Touch me, de The Doors. Sus manos fueron más explícitas que cualquier palabra y claro… yo pretendía no percibir sus intenciones, ¡maldita timidez! A veces, las mejores escenas de tu vida se resumen en hechos sencillos, como escuchar canciones de otra época en medio de la oscuridad junto a alguien querido, porque pocos placeres crean una conexión tan poderosa y vibrante entre los humanos como la música.

En su famosa teoría “Armonía de las esferas” Pitágoras relacionaba la música del cosmos con los seres humanos, para él cada planeta producía una nota en el espacio que obedecía a proporciones numéricas. El filósofo, creía que al igual que los objetos celestes el alma se encontraban regida por esas proporciones metafísicas, lo que determinaba su trascendencia en el universo. Para Pitágoras, la música era el alma del mundo, y esta teoría serviría de inspiración para Platón unos años después.

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De The Doors pasamos a Janis Joplin luego a Nina Simone  y finalizamos con Time, de Pink Floyd, su mano acariciando mi cintura era nuestro único contacto físico hasta ese momento cuando de repente salió LA canción, ya saben, aquella que siempre abre la puerta a los demonios que guardamos y nos deshinibe más que cualquier droga o licor que tomemos. All my love de Led Zeppelin sonó tan fuerte que parecía acallar al viento  y como si cada frase de su letra pusiese subtítulos a los pensamientos, nos rendimos a su ritual de placer. Durante horas nos fusionamos en aquella sincronía musical una y otra vez, y entre roces y mordiscos violentos, escuchaba a manera de susurro:

The tides have caused the flame to dim 

at last the arm is straight, the hand to the loom 

is this to end or just begin?

Una vez más el tuvo razón, ese disco era la perdición.

A la mañana siguiente un olor a café recién preparado interrumpió mi sueño, lo primero que encontré fueron sus ojos verde aceituna escudriñando mi cuerpo, parecía que había permanecido en vela el resto de la madrugada. Besé con lentitud su nariz y me levanté para abrir la ventana. M conocía muy bien mi gusto por los huevos perico y el jugo de naranja, todo lo había pedido de forma impecable; mientras cantaba Whole lotta love a viva voz comprendí cuanto le quería, no entiendo por qué nunca se lo dije.

Al despedirnos me estrechó con fuerza y me dio un largo beso, ¿alguna vez sintieron que podían detener el tiempo en un abrazo?  Es una mezcla de vigor y debilidad indescifrable. Aquella fue la última vez que nos vimos, una semana después partió hacia Europa y cada quien creó su propio sueño. Hace poco me dijeron que se había casado y que sus proyectos geek marchaban bien, me alegré mucho, siempre quise que encontrara el sosiego que tanto buscaba. Si hoy escribí sobre nuestra noche  fue porque hace unas horas me llamó por mi NO cumpleaños como solía hacerlo en esa época. Estos últimos minutos han sido toda una analepsis hacia aquellos hermosos días de placeres y euforia musical.

-Extrañaba tanto conversar contigo mujer- me dijo

-Sí, ha sido tan raro recordar lo que fuimos- le contesté riendo

Un poco antes de despedirnos me dijo que le espere un momento. Escuché claramente su caminar presuroso. Cuando regresó me dijo con voz entrecortada:

-Perdón por la demora, no quería irme sin antes hacerte escuchar esto. Entonces puso en el auricular el conocido estribillo que jamás olvidaré:

For many hours and days that pass ever soon 

the tides have caused the flame to dim…

All of my love, all of my love, all of my love to you

Por un hermoso fragmento de tiempo, volvimos a ser esferas celestes…

Fin

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