Retratos Arcanos (Parte I)

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Estas fechas tienen la particularidad de la nostalgia, a veces no sé si lo que rememoro es algo vivido o tan solo el recuerdo de un sueño inconcluso. El tiempo ha desfigurado los escasos detalles que conservo, al punto de que me resulta difícil dibujar en la mente la línea que separa lo ficticio de lo real.

Tenía once años años cuando ocurrió. Para aquel entonces cursaba el sexto grado de escuela y presentaba problemas para socializar con otros niños. En la edad en que se supone debería reinar la vitalidad yo era una impúber callada y huraña, mi refugio cotidiano eran mis libros y los discos que mi padre guardaba con celo en la biblioteca familiar. Aquella tarde una tormenta bañaba la ciudad, cuando entré a la casa me tropecé con varios rostros acongojados y a mi padre al final del pasillo abrazando a mi hermano; no comprendía nada, todo era confuso  y ninguno de los presentes se tomó la molestia de explicármelo. Finalmente me acerqué a papá y le pregunté qué ocurría. Con lágrimas en los ojos me contestó: “Mamá murió esta maña, hijita”. Admito que no me sorprendió tal noticia, tras años de librar una batalla insufrible contra el cáncer la muerte de mi madre era cuestión de tiempo. No lloré ni tampoco le di palabras de consuelo como se espera en estos casos. Tan solo deseaba estar sola.

Subí a su habitación y me senté al pie de la cama a observar la lluvia. La muerte puede ser un hecho tan doloroso como inexplicable cuando tienes apenas once años, generalmente los adultos se desviven por enseñar a los niños  a ser felices pero nadie te explica cómo afrontar la pérdida de quienes amas. Me frustró tanto la incapacidad de hablar sobre aquello que mi alma gritaba, que decidí, desde ese instante guardar silencio…Un silencio ensordecedor que duró cerca de dos años. Ni los innumerables tratamientos psicológicos o el cariño de mi padre pudieron devolverme el deseo de decir algo; todo intento por escuchar mi propia voz era inútil.

Los días se transformaron poco a poco en una parodia lacerante. Además de mi mutismo surgieron otros motivos de preocupación para la familia, bueno… lo que quedaba de ella (aún hoy siento un escalofrío que recorre mi espalda cuando lo evoco). A los pocos días de haber enterrado a mamá, nuestra antigua casa se inundó de ruidos extraños, sonidos de pasos presurosos en el patio, risas lascivas que parecían esconderse tras las cortinas del segundo piso y sombras que se reflejaban en los espejos de la sala. Lo más perturbador eran los rugidos que provenían de la habitación de mi madre, sobre todo en las noches de lluvia.

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